En el primer viaje que hice a Japón

En el primer viaje que hice a Japón, mientras desayunaba en el hotel, se acercó un hombre, japonés, con el pelo muy blanco, atemporal. Al cabo de un rato de hablar sobre la ciudad de Tokio, me miró y me dijo: “life is passion, action, reaction”.

Y sin añadir nada más, se fue. No lo volví a ver más.

En ese momento no me di cuenta, pero esta frase es la diferencia entre pasar por la vida y vivir. En Tokio, hay muchas cosas que te pueden apasionar, pero hay una que te atrapa, pues no es sólo un deporte, una competición o un acto social, es un ritual… El SUMO.

Según algunos relatos del año 700 DC, el primer combate de sumo tuvo lugar en el año 23 AC. Comenzó como un arte marcial usado por los samuráis, con una técnica específica, aunque, con el tiempo y en popularizarse, comenzó a ser usado en duelos. El estadio de Sumo de Tokio Kokugikan está en el barrio de Ryogoku, un barrio donde se pueden encontrar tiendas de sumo, restaurantes de chanko nabe (una especie de guiso que comen diariamente los luchadores de sumo), antiguos establos de grano (lugar de residencia y entrenamiento de los luchadores), el museo de sumo y, por supuesto, el estadio de sumo. El estadio de Kokugikan, también llamado “Salón del Sumo”, fue inaugurado en 1985 y es el cuarto estadio construido en Tokio. Tres de los seis torneos anuales se llevan a cabo en este lugar, con una capacidad para 10.000 personas.

Todo tiene un porqué, así es Japón.

Los luchadores (rikishi) llevan una especie de delantales llamados kesho mawashi y el color de este delantal o ‘tapa rabos’ depende de la categoría del luchador. Las reglas son sencillas, el objetivo de cada luchador es enviar a su oponente fuera del ring, el dohyo. El combate comienza con una inclinación de cabeza, un saludo casi digno de la realeza, para pasar posteriormente al shiko, que consiste en levantar la pierna y dejarla caer violentamente contra el suelo para ahuyentar los malos espíritus.

A continuación, los contendientes se colocan frente a frente, agachados, para demostrar que no llevan ningún arma y, justo en ese momento, cada luchador lanza un puñado de sal al dohyo para purificarlo.

Los combates comienzan alrededor de las 9h de la mañana, hora en que compiten los luchadores de la categoría más baja, siendo a las 16h de la tarde cuando llega el momento culminante de la jornada: el desfile de los luchadores.

Los mejor clasificados, los luchadores que, con sus 280 kg, no sólo son héroes nacionales sino los sex symbols de teenagers… ¡Y no tan teenagers!

Pero dentro de este espectáculo litúrgico hay otro que puede pasar desapercibido y que se huele: el gastronómico.

A diferencia del Frankfurt con sabor a comida de perro que nos comemos silenciosamente y sin protestar partido tras partido en los estadios de fútbol, ​​en el sumo, todo es armónico. Galletas típicas con forma de luchador de sumo; el bentō, una ración de comida preparada para llevarse colocada delicadamente en una tradicional caja japonesa de color negro lacada, que podrías observar durante horas sin comer; y por supuesto, también se puede encontrar el auténtico chanko nabe. Los más adinerados se lo comen en los asientos VIP, a pie de ring y sentados en el suelo, pero incluso en las sillas del gallinero, la catarsis es indescriptible.

El deporte, el fútbol, ​​el Barça, no sólo debería ser una cuestión física, debería ser un ritual perfectamente orquestado, donde la suma de las pequeñas cosas tuviera como resultado un ejercicio de pasión en estado puro.

Podríamos aprender del sumo.

 

Artículo escrito por Teresa Vallverdú Baró, miembro de El Senyor Ramon.

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