La insondable soledad del ‘míster’

De todas las situaciones o trabajos relacionados con el mundo del fútbol hay una, y sólo una, que supera el resto por desagradecida. No es estar de suplente cuando crees que deberías ser titular; ni hacer de steward en un partido de semifinales de Champions, condenado a mirar los “ayyy” y “uyyy” del público de espaldas al terreno de juego; ni tener que limpiar los vestuarios después de los partidos, llenos de vendas por el suelo, botellas y toallas… no. Ninguna de ellas, por desagradables que parezcan, se acercan al trabajo del entrenador, o míster en la jerga futbolística. Estos hombres —en Primera División aún no hay ninguna mujer— se merecen un punto y aparte.

Planifican, estudian al rival, dibujan la táctica en pizarras y ponen una vela a la virgen —metafóricamente— para que todo salga bien. A veces sale, sí, pero… ¡ay! Cuántas y cuántas veces aquel punta que debía superar al lateral por velocidad parece más bien una Vespino averiada; o aquel centrocampista que tenía que lidiar por todo el terreno de juego se ha fundido en menos de media hora; o aquel portero de aspecto tan fanfarrón se ha tragado un balón como si fuera una golosina. ¡Impotencia! ¡Rabia contenida, o no! Resignación cristiana, en cualquier caso. Todo el esfuerzo de la semana se va a pique porque los jugadores, seres humanos de carne y hueso, no han hecho lo necesario. Ningún otro trabajo depende tanto del factor humano como este… y eso sin ánimo de querer entrar en la polémica de los arbitrajes y, últimamente del VAR, ya que daría por otro artículo.

Todo esto, y más cosas, las oí decir a mi padre, ex jugador de Primera y entrenador de categorías regionales. “Preparas el partido con ilusión y después este o aquel han hecho el tomate la noche antes y no se sostienen”, se lamentaba a menudo. También me hacía mucha gracia una frase muy suya, “todo el mundo quiere entender y la mayoría no han jugado nunca al fútbol”, que solía soltar cuando recibía críticas de la Junta o de los aficionados. Lo tuve dos años de entrenador y nunca había visto sufrir a alguien como él. Lo sentía mucho, el fútbol. No he conseguido entender del todo su sufrimiento hasta que me he sentado —es un decir— recientemente en el banquillo como míster-presidente de un equipo de un colegio profesional que participa en la liga universitaria de la asociación Ludus et Amicitia. Termino mucho más agotado que si jugara en el centro del campo. Por suerte cuando perdemos, no tengo que sufrir por mi destitución, pero los nervios que paso no tienen parangón. Los cinco últimos minutos de la final de la copa Ernest Lluch, que ganamos dos a uno, nunca los olvidaré.

Para hacernos una idea, solamente hay que ver las imágenes del maestro Cruyff casi enganchándose las partes nobles para cruzar la valla en el gol de Koeman en Wembley, o el sprint Usain Bolt-style del gran Guardiola en Stamford Bridge en el gol de Iniesta. Pero también la cara de tragedia griega del flemático Rijkaard en el “Tamudazo”, o la cara de tonto que le quedó al enjuto Valverde en Anfield después del cuatro a cero. Cuatro ejemplos de la grandeza y de la miseria a las que está sometido el hombre del banquillo.

Porque de hecho, está solo. De jugadores hay más de veinte o treinta, en el cuerpo técnico también hay unos cuantos personajes, en la Junta también bastantes, pero él… él es él y nadie más. ¿Y el segundo entrenador y el director técnico?, os preguntaréis. Uno se esconde detrás el míster y si conviene la apuñala por la espalda: ¿verdad, Charly? Y el otro se mira los toros desde la barrera. ¡Y qué fácil es echarlo cuando la cosa no funciona, tenga o no la culpa! En el Barça de eso saben bastante. Nombres como Helenio Herrera, Johan Cruyff, Bobby Robson, y el último, el chico enjuto, lo certifican.

No tengo suficientes conocimientos futbolísticos para decir qué tipo de míster necesita el FC Barcelona que sueña El Señor Ramon y muchos socios y seguidores: ¿uno de los mejores del mundo? ¿Un valor joven de la casa? ¿O mejor que vuelva Guardiola? No lo sé. Solo sé que la temporada que jugué en el juvenil A del Barça no perdíamos ningún partido, teníamos un equipazo, fuimos campeones de Catalunya, íbamos disparados a ganar la copa de España y hacíamos todos mucha bondad… pero hubo cambio forzado de entrenador, ya que al que teníamos lo reclamaron para ayudar al técnico del primer equipo, y de equipazo pasamos a equipillo. Caímos en cuartos, ante el Real Madrid, con más pena que gloria: como recuerdo de aquella eliminatoria, con el dictador aún vivo, me han quedado los gritos de “perros catalanas” solo saltar al campo de la zona deportiva merengue .

Lo tengo claro: un buen míster es media vida. Si es muy bueno, como algunos que hemos tenido, el FC Barcelona puede aspirar a todo y más, al menos mientras tengamos el mejor jugador de todos los tiempos. A quien le corresponda, que lo busque, que lo encuentre, que lo cuide y, sobre todo, ¡que no lo deje solo!

Miquel Darnés
Ingeniero y periodista

En defensa de Quique Setién