Para que lo continúe siendo (Més que un club)

Hace unos meses, en una cena profesional con colegas italianos, dos letrados milaneses se me quejaban amargamente de que los equipos de sus corazones (un Nerroazzuro, el otro Rossonero) hubieran caído en manos del capital chino. Las grandes decisiones sobre su devenir ya no se toman en Milán, sino a miles de kilómetros de distancia. Como la FIAT, el Inter y el Milan se han vendido su italianidad.

Sin demasiada empatía por mis compañeros transalpinos (lo tengo que admitir), les espeté que yo era propietario de 1 / 176.000 parte del FC Barcelona; haciéndome bromas, me miraron como si yo no estuviera del todo bien. Su incredulidad me obligó a explicarles a ellos (Estatutos en mano), que el Barça es jurídicamente una asociación, permaneciendo la propiedad en manos de sus 176.000 socios, que son los que soberana y democráticamente (para bien o para mal) deciden.

De repente, me di cuenta de dos cosas. Una, el Barça es una rara avis en el deporte de élite actual. El lamento de los amigos milaneses podría haber estado en boca de colegas de Manchester, Liverpool, Londres, Paris o Madrid (sí, también Madrid donde, por requerimientos estatutarios, sólo dos socios del Real pueden actualmente llegar a ser Presidentes del club).

La segunda cosa que me vino a la cabeza fue que el hecho diferencial del Barça, uno de sus grandes tesoros, radica en su forma jurídica, en el reparto de la propiedad entre sus socios. Es esto, en mi opinión, lo que ha hecho transmitir el barcelonismo de padres a hijos, y de hijos a nietos, y ha hecho del Barça mucho más que un club deportivo. Es esto lo que ha dado al Barça su dimensión social, irrenunciable. El día que el Barça tenga que cambiar la estructura de su propiedad (ojalá no llegue nunca), perderá su alma.

Quizás ahora más que nunca, muchos percibimos que este tesoro, el alma del Barça, peligra. Y que el futuro inmediato nos planteará retos que se acercan a la cuadratura del círculo; el principal, ser capaces de seguir compitiendo al máximo nivel sin tener que renunciar a que la propiedad del club sea siendo los socios. El problema, como una verdad incómoda de la que nadie se atreve a hablar de ello, ya está aquí.

Hace unos meses, el actual CEO del Barça (barcelonista de toda la vida, quiere el club de corazón), se atrevió a decir en voz alta que el peso salarial de la plantilla del primer equipo de fútbol es insostenible. Y la experiencia reciente demuestra que cuando tenemos que ir a contactar a jugadores en mar abierto, tenemos que pagar gusto y ganas a clubes en manos de fondos soberanos o inversores institucionales, o efectuando prácticas de muy dudosa legalidad. Dicho de otro modo; no podemos competir económicamente contra clubes – Estado o sociedades cotizadas, sin sobre endeudar el club y llevarlo a las puertas de la definitiva mercantilización (la pérdida del tesoro, de la propiedad de los socios). 

En este ecosistema, que los primeros equipos profesionales se puedan nutrir de jugadores formados en casa, con suficiente nivel para competir en la élite, será un factor clave (quizás el único camino), que permitirá mantener a largo plazo la actual estructura de propiedad del club. Lo que conocemos como “La Masia” no es sólo pues fundamental para conservar la identidad deportiva del club (lo llamado ADN Barça) sino que también lo será en breve para asegurar su sostenibilidad financiera y compatibilizarla con el mantenimiento del nivel competitivo. En definitiva, es “La Masia” lo que permitirá o dejará de permitir que las “senyores” y los “senyors” Ramones y Ramons sean siendo propietarios del club (y puedan presumir, si quieren, por allí donde vayan).

 

Artículo escrito por Roger Canals Vaquer, miembro de El Senyor Ramon.